martes, 22 de enero de 2013

¿Universidad para todos?


Es falso creer, y esto debe quedarnos muy claro pues además es peligroso, que para que en México (o cualquier otro país) tengamos mejores empleos, sea necesario tener más personas con estudios universitarios. En realidad, la idea de dar más universidad a más personas es contraproducente. Provocará a la larga: la desvalorización de los estudios universitarios y el abaratamiento de la mano de obra. Veamos por qué.

En primer lugar, porque existe una ley fundamental de la economía, quizá la única ley universal en las ciencias sociales, que es la ley de la oferta y la demanda que en su versión más simple dice que a mayor oferta y menor demanda, baja el costo. Es decir, si tenemos mucho de un producto y pocos lo quieren comprar, el precio baja. Esto ya está sucediendo en nuestro país con el nivel de licenciatura. Observamos ya en algunas profesiones cómo es que con el puro grado de licenciatura no es fácil conseguir trabajo y se requieren ahora estudios de postgrado.
¿Qué es lo que está pasando? Muy simple, al haber más gente con licenciatura (mayor oferta) y pocos trabajos dónde colocarse (menor demanda), el empleador va a buscar a quien esté más preparado y elegirá, entonces, a quien tenga un posgrado.
Es así que poco a poco, mientras más licenciados tengamos, menos oportunidades de empleo tendrán y poco a poco tener una carrera servirá de poco. Empezaremos a ir por las maestrías. Pero pasará lo mismo: al rato, cuando mucha gente tenga maestría valdrá poco tenerla y habrá que tener dos o tener un doctorado. Cuando lleguemos al nivel en que una gran cantidad de gente tenga doctorado y este deje de valer, tendremos que inventar nuevos grados o nuevas formas de diferenciar.
Tener un grado de licenciatura era valioso social y económicamente cuando y únicamente en el caso en que hubiera pocos. Mientras menos universitarios haya, mayor será el salario y posición social que ellos ocuparán.
Pero a las universidades no les interesa esto. A ellas, por el contrario, les conviene mantener la ficción de que una licenciatura te dará una oportunidad de mejorar tu sueldo y posición social. Lo que nos lleva a la segunda razón.

En segundo lugar, cada vez más (y esto en México es muy claro) la educación universitaria baja su calidad. Como existe una gran competencia entre universidades cuya finalidad única es tener “clientes”, es decir, estudiantes inscritos en su institución, las instituciones primero compitieron por ser las mejores, es decir, por formar con gran calidad a sus egresados. Así, durante los años 70 y 80 vivimos el auge de las grandes instituciones educativas como la Ibero, el Tec de Monterrey, el ITESO, el Itam, la Anahuac, etc. Instituciones que se reconocían por su altísimo nivel académico.
Pero ante la necesidad social de tener más licenciados, empezaron a aparecer universidades que “exigían menos”, es decir, en las cuales obtener un grado requiería menos esfuerzo y, por ende, la preparación era más deficiente. Pero eso no importaba, porque lo que necesitábamos era un grado, no preparación. Así que a finales de los 80 y principios de los 90 se dio el boom de las universidades. Aparecieron (y siguen apareciendo) muchas instituciones con la finalidad de dar grados a todos cuantos puedan pagar. Esto afectó incluso a las grandes universidades quienes, al empezar a perder “clientela”, tuvieron que adaptarse y reducir su calidad académica para no quedarse fuera. Véase, por ejemplo, cómo la Universidad Iberoamericana terminó por eliminar la tesis como opción de titulación, lo cual demuestra indiscutiblemente una reducción en la calidad de los estudios (en otra entrada hablaré de la tesis y su importancia social y académica).
Es así que la exigencia cada vez mayor de “licenciados” termina por reducir la calidad de los mismos. Y es que esto proviene de la tercera causa.
En México, aunque actualmente digamos que hemos adoptado un modelo basado en competencias, somos un país papirocrático, es decir, nos importa más el “papel”, el documento, que la habilidad real de las personas. En un anuncio teevisivo del IFE que estuvo de moda el año pasado (2012) con motivo de las elecciones, se veía a un señor llegar al banco y ser reconocido por la cajera quien, por protocolo, le solicita una identificación. El personaje entrega su credencial de IFE, pero está vencida, razón por la cual la cajera cambia de actitud y “deja de conocerlo”. Esto muestra la terrible forma de ver el mundo de nuestros burócratas y empresarios: lo que cuenta es el papel, no lo que eres.
Esto lo podemos observar con claridad en muchos lugares: en las empresas, sin un papel que te avale los conocimientos, no puede subir de puesto o ser contratado, aunque sepas más que los que tienen papel. ¿Cuántas personas no conocemos que tienen la experiencia y conocimiento para ocupar un puesto, pero no se los dan porque no tienen licenciatura? (Por eso después el invento odioso de las “licenciaturas ejecutivas”).
El CONACYT, por ejemplo, al igual que los sistemas de evaluación de muchas universidades, cuenta la cantidad de “papeles” que juntas en un año: artículos publicados, libros publicados, tesis dirigidas, etc. Sin importar la calidad de las mismas. Es decir, vale más quien escribe 20 malos artículos que quien escribe uno solo que cambiará por siempre al mundo.
Es así que en México, las empresas, las instituciones de educación superior (en otra entrada explicaré por qué no hay que llamarlas universidades), y la gente en general sólo se interesa por obtener el título y no por prepararse (después hablaremos más de esto).
La cacería del papel ha hecho que las universidades de mayor “renombre” sean aquellas que ofrecen el título sin dificultad: carreras cortas, sin tesis, con horarios flexibles adaptables a tu trabajo, etc.
Esto es, como ya ha señalado Baudrillard, una mera simulación. En realidad no se prepara a la gente, sólo se les da un papel.
Ahora, esto conlleva a un último problema. Hubo alguna vez en la cual el licenciado era el que dirigía, el que ordenaba (de poner órden, no de dar órdenes), el elemento intelectual frente al operativo, la parte pensante a la cabeza de la parte material. Es decir, ocupaba puestos de importancia dentro del esquema de la empresa porque su preparación lo hacía competente para ello: tenía capacidad de dirección, de planeación, de organización, etc.
Sin embargo, después del boom de las universidades, ahora se requieren licenciados para puestos cada vez más bajos en el esquema de la empresa. Así, por ejemplo, un licenciado en contaduría tenía antes la responsabilidad de todo el departamento, es decir, era la cabeza pensante que llevaba las cuentas de toda una empresa y tenía a su cargo gente que llevaba los libros, archivaba facturas y hacía trabajos operativos más simples que no requieren de una licenciatura para llevarse a cabo. Pero ahora, por todo lo dicho anteriormente, resulta que para llevar los libros o archivar facturas se requiere una licenciatura. Lo cual ha degradado por completo el valor social de la misma y, además, el valor dentro de la empresa. Por ello muchas instituciones de educación superior pueden presumir que el 80% de sus estudiantes trabajan y que más de ese porcentaje encuentran trabajo al terminar la carrera: porque el trabajo que encuentran es de operativo, de técnico, de apoyo y no de directivo.
Lo peor es que cada vez más empresas suben sus estándares de contratación y al rato hasta el personal de servicio y limpieza requerirá una licenciatura. Por ello es que han abundado las escuelas que ofrecen carreras cada vez más ridículas y especializadas, como sin un chef requiriera licenciatura o un traductor.
Esto no quiere decir que no se requiera proesionalización de ciertas áreas, es decir, que haya oficios y puestos que requieren de gente con estudios formales y no sólo con conocimientos empíricos. Pero eso no quiere decir que requieran licenciatura. En países como Estados Unidos y Canadá existe una clara diferencia entre asistir al College y a la University. Además de que existen una gran cantidad de diplomados y cursos que proveen de las herramientas necesarias y de la certificación correspondiente para ejercer una profesión. La diferencia es que no todos son “licenciados” y no hay ningún problema social en no serlo.
En México muchas de nuestras instituciones de educación superior (como la UVM o la UNITEC) son College y no Universidades (como el Colegio de México o el ITAM). Pero están ofreciendo grados universitarios aunque su preparación en realidad no es tal. Esto lo profundizaré en otro momento.
La cuestión es que ahora los licenciados no son dignos de tener un puesto directivo, se les confina a tener uno meramente operativo. Y quiero aclarar que el tono de desprecio no es contra el nivel operativo por sí mismo. De hecho, creo que es importantísimo profesionalizar a este sector, pues es quien realmente realiza el trabajo. Lo que no se vale es que un licenciado ocupe este tipo de puestos que requieren de alguien con estudios técnicos, mismos que en México hemos despreciado y mal visto durante mucho tiempo. Así, como despreciamos socialmente al técnico, hemos tenido que recurrir a la trampa de darle título de “licenciado” al que sólo es técnico, en lugar de revalorar la importancia social y laboral del técnico calificado.
Es así que el problema que tenemos es el siguiente: mientras más licenciados deseemos que haya, tendrán menores oportunidades de empleo, la calidad de una licenciatura se reducirá cada vez más, sólo estaremos alimentando la ficción de que la licenciatura me hace competente para ejercer un pueesto de trabajo y el trabajo asignado a un licenciado será cada vez menos importante en el esquema de la empresa.

Por eso, en realidad es perjudicial para un país como México el que proliferen las instituciones de educación superior y que se busque la “licenciatura para todos”. En lugar de eso, tenemos que reorganizar la estructura educativa y social y reconocer diversidad de grados: técnico (bachillerato), técnico superior (college) y licenciado (universidad).