Es falso creer, y esto debe quedarnos muy
claro pues además es peligroso, que para que en México (o cualquier
otro país) tengamos mejores empleos, sea necesario tener más personas con estudios universitarios. En realidad, la idea de dar más
universidad a más personas es contraproducente. Provocará a la
larga: la desvalorización de los estudios universitarios y
el abaratamiento de la mano de obra. Veamos por qué.
En primer lugar, porque existe una ley
fundamental de la economía, quizá la única ley universal en las
ciencias sociales, que es la ley de la oferta y la demanda que en su
versión más simple dice que a mayor oferta y menor demanda, baja el
costo. Es decir, si tenemos mucho de un producto y pocos lo quieren
comprar, el precio baja. Esto ya está sucediendo en nuestro país
con el nivel de licenciatura. Observamos ya en algunas profesiones
cómo es que con el puro grado de licenciatura no es fácil conseguir
trabajo y se requieren ahora estudios de postgrado.
¿Qué es lo que está pasando? Muy
simple, al haber más gente con licenciatura (mayor oferta) y pocos
trabajos dónde colocarse (menor demanda), el empleador va a buscar a
quien esté más preparado y elegirá, entonces, a quien tenga un
posgrado.
Es así que poco a poco, mientras más
licenciados tengamos, menos oportunidades de empleo tendrán y poco a
poco tener una carrera servirá de poco. Empezaremos a ir por las
maestrías. Pero pasará lo mismo: al rato, cuando mucha gente tenga
maestría valdrá poco tenerla y habrá que tener dos o tener un
doctorado. Cuando lleguemos al nivel en que una gran cantidad de
gente tenga doctorado y este deje de valer, tendremos que inventar
nuevos grados o nuevas formas de diferenciar.
Tener un grado de licenciatura era
valioso social y económicamente cuando y únicamente en el caso en
que hubiera pocos. Mientras menos universitarios haya, mayor será el
salario y posición social que ellos ocuparán.
Pero a las universidades no les
interesa esto. A ellas, por el contrario, les conviene mantener la
ficción de que una licenciatura te dará una oportunidad de mejorar
tu sueldo y posición social. Lo que nos lleva a la segunda razón.
En segundo lugar, cada vez más (y esto
en México es muy claro) la educación universitaria baja su calidad.
Como existe una gran competencia entre universidades cuya finalidad
única es tener “clientes”, es decir, estudiantes inscritos en su
institución, las instituciones primero compitieron por ser las
mejores, es decir, por formar con gran calidad a sus egresados. Así,
durante los años 70 y 80 vivimos el auge de las grandes
instituciones educativas como la Ibero, el Tec de Monterrey, el
ITESO, el Itam, la Anahuac, etc. Instituciones que se reconocían por
su altísimo nivel académico.
Pero ante la necesidad social de tener
más licenciados, empezaron a aparecer universidades que “exigían
menos”, es decir, en las cuales obtener un grado requiería menos
esfuerzo y, por ende, la preparación era más deficiente. Pero eso
no importaba, porque lo que necesitábamos era un grado, no
preparación. Así que a finales de los 80 y principios de los 90 se
dio el boom de las universidades. Aparecieron (y siguen apareciendo)
muchas instituciones con la finalidad de dar grados a todos cuantos
puedan pagar. Esto afectó incluso a las grandes universidades
quienes, al empezar a perder “clientela”, tuvieron que adaptarse
y reducir su calidad académica para no quedarse fuera. Véase, por
ejemplo, cómo la Universidad Iberoamericana terminó por eliminar la
tesis como opción de titulación, lo cual demuestra
indiscutiblemente una reducción en la calidad de los estudios (en
otra entrada hablaré de la tesis y su importancia social y
académica).
Es así que la exigencia cada vez mayor
de “licenciados” termina por reducir la calidad de los mismos. Y
es que esto proviene de la tercera causa.
En México, aunque actualmente digamos
que hemos adoptado un modelo basado en competencias, somos un país
papirocrático, es decir, nos
importa más el “papel”, el documento, que la habilidad real de
las personas. En un anuncio teevisivo del IFE que estuvo de moda el
año pasado (2012) con motivo de las elecciones, se veía a un señor
llegar al banco y ser reconocido por la cajera quien, por protocolo,
le solicita una identificación. El personaje entrega su credencial
de IFE, pero está vencida, razón por la cual la cajera cambia de
actitud y “deja de conocerlo”. Esto muestra la terrible forma de
ver el mundo de nuestros burócratas y empresarios: lo que cuenta es
el papel, no lo que eres.
Esto
lo podemos observar con claridad en muchos lugares: en las empresas,
sin un papel que te avale los conocimientos, no puede subir de puesto
o ser contratado, aunque sepas más que los que tienen papel.
¿Cuántas personas no conocemos que tienen la experiencia y
conocimiento para ocupar un puesto, pero no se los dan porque no
tienen licenciatura? (Por eso después el invento odioso de las
“licenciaturas ejecutivas”).
El
CONACYT, por ejemplo, al igual que los sistemas de evaluación de
muchas universidades, cuenta la cantidad de “papeles” que juntas
en un año: artículos publicados, libros publicados, tesis
dirigidas, etc. Sin importar la calidad
de las mismas. Es decir, vale más quien escribe 20 malos artículos
que quien escribe uno solo que cambiará por siempre al mundo.
Es así
que en México, las empresas, las instituciones de educación
superior (en otra entrada explicaré por qué no hay que llamarlas
universidades), y la gente en general sólo se interesa por obtener
el título y no por prepararse (después hablaremos más de esto).
La
cacería del papel ha hecho que las universidades de mayor “renombre”
sean aquellas que ofrecen el título sin dificultad: carreras cortas,
sin tesis, con horarios flexibles adaptables a tu trabajo, etc.
Esto
es, como ya ha señalado Baudrillard, una mera simulación. En
realidad no se prepara a la gente, sólo se les da un papel.
Ahora,
esto conlleva a un último problema. Hubo alguna vez en la cual el
licenciado era el que dirigía, el que ordenaba (de poner órden, no
de dar órdenes), el elemento intelectual frente al operativo, la
parte pensante a la cabeza de la parte material. Es decir, ocupaba
puestos de importancia dentro del esquema de la empresa porque su
preparación lo hacía competente para ello: tenía capacidad de
dirección, de planeación, de organización, etc.
Sin
embargo, después del boom de las universidades, ahora se requieren
licenciados para puestos cada vez más bajos en el esquema de la
empresa. Así, por ejemplo, un licenciado en contaduría tenía antes
la responsabilidad de todo el departamento, es decir, era la cabeza
pensante que llevaba las cuentas de toda una empresa y tenía a su
cargo gente que llevaba los libros, archivaba facturas y hacía
trabajos operativos más simples que no requieren de una licenciatura
para llevarse a cabo. Pero ahora, por todo lo dicho anteriormente,
resulta que para llevar los libros o archivar facturas se requiere
una licenciatura. Lo cual ha degradado por completo el valor social
de la misma y, además, el valor dentro de la empresa. Por ello
muchas instituciones de educación superior pueden presumir que el
80% de sus estudiantes trabajan y que más de ese porcentaje
encuentran trabajo al terminar la carrera: porque el trabajo que
encuentran es de operativo, de técnico, de apoyo y no de directivo.
Lo
peor es que cada vez más empresas suben sus estándares de
contratación y al rato hasta el personal de servicio y limpieza
requerirá una licenciatura. Por ello es que han abundado las
escuelas que ofrecen carreras cada vez más ridículas y
especializadas, como sin un chef requiriera licenciatura o un
traductor.
Esto
no quiere decir que no se requiera proesionalización de ciertas
áreas, es decir, que haya oficios y puestos que requieren de gente
con estudios formales y no sólo con conocimientos empíricos. Pero
eso no quiere decir que requieran licenciatura. En países como
Estados Unidos y Canadá existe una clara diferencia entre asistir al
College y a la
University. Además de
que existen una gran cantidad de diplomados y cursos que proveen de
las herramientas necesarias y de la certificación correspondiente
para ejercer una profesión. La diferencia es que no todos son
“licenciados” y no hay ningún problema social en no serlo.
En
México muchas de nuestras instituciones de educación superior (como
la UVM o la UNITEC) son College
y no Universidades (como el Colegio de México o el ITAM). Pero están
ofreciendo grados universitarios aunque su preparación en realidad
no es tal. Esto lo profundizaré en otro momento.
La
cuestión es que ahora los licenciados no son dignos de tener un
puesto directivo, se les confina a tener uno meramente operativo. Y
quiero aclarar que el tono de desprecio no es contra el nivel
operativo por sí mismo. De hecho, creo que es importantísimo
profesionalizar a este sector, pues es quien realmente realiza el
trabajo. Lo que no se vale es que un licenciado ocupe este tipo de
puestos que requieren de alguien con estudios técnicos, mismos que
en México hemos despreciado y mal visto durante mucho tiempo. Así,
como despreciamos socialmente al técnico, hemos tenido que recurrir
a la trampa de darle título de “licenciado” al que sólo es
técnico, en lugar de revalorar la importancia social y laboral del
técnico calificado.
Es así que el problema que tenemos es
el siguiente: mientras más licenciados deseemos que haya, tendrán
menores oportunidades de empleo, la calidad de una licenciatura se
reducirá cada vez más, sólo estaremos alimentando la ficción de
que la licenciatura me hace competente para ejercer un pueesto de
trabajo y el trabajo asignado a un licenciado será cada vez menos
importante en el esquema de la empresa.
Por eso, en realidad es perjudicial
para un país como México el que proliferen las instituciones de
educación superior y que se busque la “licenciatura para todos”.
En lugar de eso, tenemos que reorganizar la estructura educativa y
social y reconocer diversidad de grados: técnico (bachillerato),
técnico superior (college) y licenciado (universidad).