viernes, 6 de septiembre de 2013

Una lección de estrategia

Desde muchas perspectivas, lo que están haciendo los docentes y muchos otros manifestantes en la Ciudad de México está equivocado. En esta ocasión no vamos a valorar ni moral ni políticamente lo que han hecho: secuestrar la ciudad e inmovilizar a miles de personas que desean continuar con sus vidas, sólo porque ellos no están de acuerdo con la forma de ver las cosas de aquellos que protesta. Es evidente a todas luces que se trata de un intento de imponer una manera de pensar a los demás. Pero, por esta ocasión no vamos a valorar eso.

Lo que vamos a razonar aquí es un fallo fundamental en las acciones realizadas debido a la falta de pensamiento estratégico por parte de los organizadores y participantes de estos movimientos. Es increíble que algunas personas en las redes sociales hayan tenido el atrevimiento de comparar a estos sujetos con personajes de la talla de Hidalgo, Morelos o Bolívar; cuando es evidente que la calidad de sus formas de actuar es innegablemente distinta. Fundamentalmente encuentro tres fallos estratégicos en su forma de actuar:

Primero: la meta más importante a lograr al inicio y desarrollo de un movimiento social es, sin lugar a dudas ganarse a la gente. Sin esto, ningún movimiento está destinado al éxito. Desde la revolución pacifista de Gandhi hasta el ascenso al poder del Nacional Socialismo en la Alemania de los años 30 de siglo pasado, pasando por todos los movimientos sociales importantes han conocido siempre esta premisa. Lo primero que hay que hacer es ganarse el afecto y la razón de la gente, es decir, hay que convencer a los demás de que nuestra lucha es justa.

Pongamos como ejemplo lo sucedido durante la conquista de México. Un puñado de españoles que habían desembarcado en este continente era incapaz de vencer a un gran imperio como el Azteca. Pero, gracias a un plan estratégico sumamente hábil, fueron haciendo alianzas con pequeños reinos y poblados sometidos al imperio y que, en cierta medida o en otra, se oponían al régimen Azteca. Una vez conseguido el apoyo de los pobladores locales, lograron vencer a dicho imperio gracias a que los opositores eran, ahora, una gran cantidad.

Las películas gringas nos han enseñado que es heroico que un puñado de gente venza a una gran cantidad de opositores. Pero en la realidad esto no sucede así. Sun Tzu, el gran tratadista de la estrategia, ya lo decía: si el ejército oponente es más grande y fuerte que el tuyo, no pelees.

Aquí es donde, sin lugar a dudas nuestros revolucionarios fallan terriblemente. Veamos por qué. Si bien es verdad que las personas en protesta son más de las que los medios afirman, es también verdad que son, comparadas con el grueso de la población, una cantidad insignificante. ¿Cuántos opositores de la Reforma Educativa ocupan las calles? ¿Cien mil?, ¿un millón?, ¿diez millones? En un país de 120 millones, no son nada. Ahora, si estas personas toman la ciudad, cierran las calles y violentan el flujo de las demás personas, resulta evidente que en lugar de ganarse su favor se ganarán su odio y, por asociación, el odio hacia su causa. Si, por otra parte, dejan sin estudiar a miles de niños y jóvenes, entonces también se ganan el desprecio por parte de los padres de familia y estudiantes.

Entonces, en lugar de sumar fuerzas y aprovechar la sinergia para vencer al «enemigo», nos hacemos de más enemigos y ya no sólo tenemos que luchar contra «el sistema», sino que hay que luchar contra todos aquellos que no nos apoyan, los cuales se tornan enemigos en lugar de aliados.

Ahora, esto último es lo más grave. Se ha extendido una terrible tendencia de la izquierda revolucionaria mexicana (desconozco si en otros países sucede igual) de insultar, ofender, vituperar, denostar y excluir a todos aquellos que no opinan igual que ellos. Opera en ellos dos lógicas perversas: la lógica de «si no estás conmigo, estás con ellos» (modalidad de la igualmente perversa «si no estás conmigo, estás contra mí» o «si no eres parte de la solución, eres parte del problema») y la lógica derivada de la anterior de «sólo el que piensa como yo y se opone a esto es inteligente/pensante/racional; todos los demás son estúpidos».

Como no logramos convertirlos en aliados, los consideramos enemigos y como no logramos entender por qué no están con nosotros, tenemos que justificar su oposición a nosotros con ideas absurdas como «están ciegos», «no piensan», «son irracionales», «les han lavado el cerebro», etc.

Es decir, la izquierda revolucionaria se ha dedicado sistemáticamente a negarse al diálogo con cualquier otra postura distinta a la suya. La primera lógica opera de manera terrible en las circunstancias. Durante los conflictos de la UACM de 2012, por ejemplo, parecía que sólo había de dos sopas: o estabas con los «paristas» o estabas con la rectora. Pero, ¿acaso no es posible una tercera vía, una vía del tipo «ni estoy con la rectora ni estoy a favor del paro de labores»? Por supuesto que sí y, por cierto, se conformó todo un grupo de profesores y estudiantes a favor de esta tercera vía. Pero, ante los ojos de los paristas esto implicaba estar «contra ellos» y, por ende «a favor de la rectora».

Lo mismo sucede con los conflictos actuales en torno a la Reforma Educativa. Si uno se manifiesta en contra de lo que están haciendo los profesores al tomar las calles y el zócalo de la ciudad, entonces está a favor de la reforma, es un secuaz de Peña Nieto y seguidores, en un «traidor», un «ingenuo», un «irracional» y otros calificativos similares. Lo único irracional aquí es esta conclusión. Estar en contra de las acciones de un grupo de manifestantes no significa ni estar en contra de su causa ni, mucho menos, estar a favor de la causa opuesta. Es sumamente factible que exista diversidad de posturas y, entre ellas, aquella que está en contra de una causa, pero también en contra de las acciones del grupo que se opone a ellas. Es decir, para explicarlo fácilmente, nada impide que alguien esté en contra del gobierno y de la reforma educativa, energética o fiscal y a su vez estar en contra de las acciones llevadas a cabo por los grupos opositores a las mismas.

Todas estas personas podrían ser aliados potenciales de una causa y podrían conformar un frente común contra lo que sea que se oponen. Pero si sistemáticamente se dedican a decirles que son estúpidos, desinformados, irracionales o que están a favor de la causa contraria, entonces han perdido un poderoso aliado en lugar de ganarlo.

Entonces, lo que sucede en la Ciudad de México como en otros lugares del país, es que quienes protestan ante una situación (que podría ser legítima), pierden el favor de la gente en lugar de ganarlo, porque sistemáticamente los atacan ya sea atentando contra su integridad o su bienestar (el cual toda persona preferirá siempre) o negándolos, excluyéndolos, minimizándolos diciendo que son unos estúpidos/irracionales/con el cerebro lavado.

La situación es, sin embargo, fácil de entender y muestra una lógica subyacente igualmente errónea y peligrosa: buscamos salidas fáciles y rápidas. Convencer a la gente de unirse a nuestra causa, generar argumentos para hacerles saber nuestra forma de ver, trabajar con ellos para que acepten que ellos también son afectados requiere mucho tiempo y trabajo. Cerrar las calles y tomar las plazas, requiere mucho menos. Caminar del Zócalo a San Lázaro es sin duda más fácil que organizar jornadas de visitadores casa por casa que hablen con la gente para juntar firmas, para discutir temas, para invitarlos a reflexionar.

Si, además, consideramos que esas personas son idiotas; pues es evidente que no vale la pena invertir en hacerlas cambiar de opinión.

Segundo: como paralelo al anterior, hay otro principio de la estrategia que nuestros «protestantes» desconocen sistemáticamente: ataca puntos estratégicos. Hay un viejo chiste que cuenta que un borracho está buscando las llaves de su casa bajo una luminaria en la calle. Un policía se acerca y le ayuda. Después de varios minutos el policía pregunta si está seguro de que ahí se cayeron las llaves a lo que el borracho responde «no, las perdí más allá, pero aquí hay más luz para buscar».

La cuestión con nuestros manifestantes es muy similar y sucede más o menos así: el gobierno impone una situación y los afectados atacan a otras personas que no son los responsables de ello. ¿Quién pierde cuando se cierra Reforma o se toma el Zócalo? ¿El gobierno?

La estrategia de tomar las calles, cerrar el metro, hacer una huelga, etc., funciona como elemento de coerción si y sólo sí los responsables (aquellos que tomaron la decisión o que tienen el poder de modificar la situación) son afectados por la misma. Así, por ejemplo, en una empresa, un paro de labores genera en el dueño pérdidas que deberá compensar. Pero al hacer un paro magisterial, ¿quién pierde?, ¿el gobierno que propone la reforma? No, ellos ya salieron de la escuela y seguramente sus hijos asisten a instituciones privadas. Los que se ven afectados son los ciudadanos que no tienen poder para cambiar las cosas.
Logramos, entonces, ciudadanos enojados. Esto funcionaría en una democracia funcional porque al gobierno le preocuparía que sus ciudadanos estuvieran incómodos y realizarían lo que fuera necesario para que no fuera así. Pero en México al gobierno no le interesa ni le preocupa que la gente esté enojada. Así han vivido siempre.

Funcionaría también si la gente, una vez enojada, vertiera su ira contra el gobierno causa de la protesta. Pero esto no pasa en México. La ira se vierte en contra de los manifestantes y, por ende, como ya señalé antes, pierden potenciales aliados y a los que verdaderamente deberían salir afectados, quedan impunes.
Cerrar las calles y tomar el Zócalo no es una estrategia adecuada por donde la veamos. Incluso si se toma y cierran el Senado, la Cámara de Diputados o cualquier dependencia de gobierno no funciona. Los gobernantes, diputados, senadores y demás funcionarios públicos siguen cobrando sus salarios sin ir a trabajar.

Entonces, resulta que terminamos por afectar a quien no la debe; aunque lo justificamos, como señalé en el punto anterior, afirmando que estas personas no son inocentes porque, dado que no se suman a la causa del oprimido, están a favor del opresor y, por ende, son también culpables.

Esta situación, además, se torna sumamente peligrosa porque raya en el terrorismo. El principio subyacente aquí es que para forzar una negociación una de las partes debe tomar como rehén algo que es preciado para la otra parte y no lo devolverá si la negociación no le favorece. El problema aquí es que una ciudadanía contenta no es preciada para el gobierno, por lo cual en realidad no hay rehén y no se fuerza la negociación. Pero sucede que se está, entonces, atacando a población civil en lugar de a los directamente interesados y esto es, sin lugar a dudas, una forma de terrorismo. ¿No fue acaso eso lo que sucedió con el ataque del 9/11 al WTC de Nueva York? En lugar de atacar a un blanco militar se atacó a población civil. Igual, en una ciudad así, en lugar de atacar a los políticos que tienen el poder de cambiar las cosas se ataca a gente que sólo va a su trabajo.

Tercero: Los grandes revolucionarios, aunque hombres de acción, siempre fueron grandes letrados. No hay nada peor que luchar por una causa bajo mentiras y esto se vincula con el primer punto porque, en muchas ocasiones, quienes están en esas posturas intermedias están mejor informados que nosotros. Se utilizan muchas mentiras y se abusa del desconocimiento de la gente para influir en sus decisiones. Lamentablemente, estas personas, que acusan a los demás de estar malinformados y que acusan a los medios de manipular la información, son, en una gran cantidad, víctimas de lo mismo: pelean contra reformas cuyos textos no conocen y sólo saben de ellas de oídas y manipulan la información a su favor.

Observemos las publicaciones en las redes sociales: ¿en dónde están los argumentos?, ¿en dónde quedan las pruebas?, ¿en dónde está la razón? Basta poner una frase provocadora y los demás la repiten sin pensar. Hay que decir «esta reforma atenta contra las garantías individuales» y al rato toda la red está inundada de esta idea, pero, ¿con qué prueba? 

Lo vimos pasar con el supuesto «perro abandonado en Coapa». Todos publicaron el video de esa maldita mujer que abandonó al perro en la calle. Pero cuando se dio a conocer la historia completa y que en realidad el can no fue abandonado, sino que era un perro de la calle, ¿quién se disculpó?, ¿quién publicó esta segunda historia? Es más, apuesto a que muchos de los que maldijeron la primera historia desconocen aún la historia verdadera.

Claro, yo me burlé de la situación en mi entrada anterior, pero lo hice utilizando citas del texto de la propuesta de reforma. ¿Alguien me contestó aportando pruebas? Se burlaron de mí, me ofendieron, me dijeron defensor de EPN, ingenuo e irracional, pero, ¿alguien aportó alguna prueba de que estaba yo equivocado? Sólo hubo un intento, alguien que publicó un vínculo a un texto en internet que prometía razones para oponerse a la reforma, pero no aportó más que intuiciones, ideas sueltas y, la mayoría de ellas, erróneas o falsas.

La finalidad de mi entrada pasada era muy simple y lo es siempre: infórmense antes de opinar. Durante el inicio de los problemas en la UACM sucedió algo similar. Se propuso un documento con lineamientos de comportamiento al interior de la institución. Durante una clase, con el documento en la mano les pregunté a qué se oponían. Decían «es que el reglamento dice que... » y con el documento ahí les pedí: «señálame dónde». Por supuesto, nunca pudieron señalar lo que afirmaban, porque ni siquiera habían leído el documento. Leímos artículo por artículo y les preguntaba, «¿les parece mal?, ¿se oponen a esto?». La respuesta generalizada fue la misma «no». Entonces, ¿contra qué estamos peleando?

No estoy afirmando en ningún momento que todos sean así, pero quiero señalar el peligro de que muchos son así. Sin ánimo de ofender pregunto, para que cada uno reflexione, los que se oponen a la reforma educativa, ¿ya leyeron el texto?, ¿conocen el fundamento teórico que sostiene el modelo educativo que se sostiene hoy en día?, ¿han leído el plan de estudios de la educación básica y media? Si la respuesta es sí, bienvenidos al debate. Si la respuesta es no, el desinformado, el ignorante, el irracional, ¿soy yo?

A los que se oponen a la reforma energética lo mismo, ¿ya leyeron el texto de la reforma?, ¿conocen el estado de las finanzas de PEMEX?, ¿pueden explicar lo que ha sucedido en otros países con reformas similares?, es más, ¿siquiera saben qué otros países han tenido procesos de privatización o nacionalización energética en los últimos años? Si es así, bienvenidos al debate. Si no, ¿quién es el desinformado?

Y por supuesto, de las preguntas anteriores no se sigue ni que yo lo sepa todo ni que esté a favor de nada; la pregunta es de reflexión personal. Yo no me salgan con la tontería de «no he leído la reforma, pero he leído a tales y cuales que hablan sobre ella y la explican». Atiendan a fuentes primarias.

En una ocasión tuve la oportunidad de preguntar, durante un evento público, a los del Canal 6 de julio si lo que ellos hacían no era también manipulación. Después de un rato aceptaron que sí, pero que alteraban la información en sentido inverso para equilibrar las cosas. Al menos ellos tuvieron la decencia de aceptarlo. Pero muchos otros no lo hacen. Manipulan la información y la hacen pasar por verdad y se aprovechan del desconocimiento que sus seguidores tienen para manipularlos. Entonces tenemos una guerra de manipuladores, los que manipulan de un lado contra los que manipulan del otro. Gravísimo.

No se vale luchar contra mentiras esgrimiendo otras mentiras. Ni se vale aprovecharse de la ignorancia de la gente para manipularla a favor o en contra de una opinión.

Esto es, lamentablemente, una señal terrible de cómo andan las cosas con nuestros manifestantes y sus simpatizantes. Lamentablemente muchos de ellos desconocen con claridad las propuestas de las reformas a las que se oponen y se basan en especulaciones y oídas. No se toman el tiempo de estudiarlas, pero sí se toman el tiempo para oponerse a ellas y cuando uno propone ir a los textos, se escapan con salidas como «bueno, eso dice, pero no se hace». ¿Entonces por qué dices que te opones a la reforma si el problema no es la reforma sino su aplicación?

Peor aún, es increíble ver cómo muchos hacen juicios sobre la legalidad o las consecuencias económicas de aquello contra lo que se oponen, sin tener la más mínima preparación en derecho o economía. Dicen cosas como «esta ley se aplicará retroactivamente» o «los cambios en la ley ahora generará estos problemas» y cuando uno consulta la ley, el texto aprobado, se dice claramente que esto no es así. ¿Quién es entonces el estúpido y quién se está aprovechando, entonces, de la ignorancia?

No les gustó el sarcasmo de mi entrada anterior, perfecto: acábenme, refútenme, demuéstrenme que estoy equivocados, pero con pruebas, con datos, con textos con algo más que opiniones.

Es triste ver, por ejemplo, a estudiantes defendiendo posturas revolucionarias pero con terribles carencias formativas. Hablan de Marx y de los anarquistas, pero no han siquiera echado un vistazo al Capital ni tienen idea de quién es Bakunin o los Flores Magón. Se oponen a decisiones políticas, reformas legales, pero no saben nada de teoría política, ni de economía, ni de finanzas, ni de derecho. Pero si alguien de los que está a favor de la reforma o en contra de estos revolucionarios o, simplemente, más informado que ellos presenta algún argumento, entonces se le vitupera, se le acusa, se le censura, se le excluye, se le segrega. Es un estúpido que apoya al poderoso, es un irracional que no entiende como son las cosas en realidad, es un ingenuo que se cree todo. ¿Qué clase de revolucionarios son estos? Atacan con base en opiniones y rumores y luego dicen que el irracional soy yo.

Nuevamente, se pierden aliados valiosos.

Lamentablemente esto lo vemos en el nivel de discurso de muchos afines a las protestas. Son apasionados y esto amerita; pero son poco racionales. Cuando alguien se manifiesta en contra de las marchas, inmediatamente le dicen que está a favor del gobierno o que está desinformado y le sugieren que lea cosas que francamente carecen de valor y razonamientos. Aparece el descrédito y las ofensas. Lo único que no aparece son argumentos y pruebas. ¿Me equivoco?, ¿estoy diciendo cosas falsas? ¡Denme pruebas! Pero pruebas de verdad, no me citen a alguien que sólo da opiniones. Porque tenemos la pésima tendencia a creer que cuando alguien emite una opinión con la que estamos de acuerdo, eso se convierte en un argumento.

Esto también incluye algo muy importante: utilicen a su favor, hasta agotarlos, los medios legales y oficiales para lograr sus fines. ¿Nos oponemos a una reforma? Bien, hay caminos legales para oponerse a ella; incluso, dejando que las reformas se aprueben podemos encontrar la manera de aprovecharlas a nuestro favor. Oponerse directamente a algo no garantiza más que choque y violencia. En cambio, recibir la agresión y repelerla con su propia fuerza, eso requiere sagacidad e inteligencia, pregúntenle a los que practican aikido.

Demostremos que somos luchadores serios. Como metáfora pensemos en lo siguiente: estamos frente a un tablero de ajedrez y antes siquiera de mover un peón ya estoy protestando contra mi oponente. Primero aprende a jugar, luego juega contra él con todas tus fuerzas. Si todo esto falla, entonces sí avienta el tablero y destruye las piezas, pero no al revés.

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Una lección de estrategia, señores revolucionarios; dirigentes, seguidores y participantes de protestas sociales: gánense a la gente, pónganla a su favor, no en su contra; es cierto que tienen miles de seguidores y simpatizantes, pero podrían tener más haciendo las cosas inteligentemente. La prueba está en que hay mucha gente que no apoya lo que están haciendo y en lugar de buscar ganárselos los ofenden, los insultan y los llaman desinformados, estúpidos, ignorantes. Ganarse el favor de la gente es lo principal objetivo de cualquier estrategia  política y no lo están logrando bien.

Centren sus acciones contra quienes deben, no contra la gente que podrían ser sus aliados; no se vale que por ser víctimas de una injusticia cometan injusticias con otras personas. Quienes los agredieron primero no se ven inmutados en lo más mínimo por sus acciones, si no, ya habrían funcionado. Para que una estrategia de presión funcione, la persona presionada debe sentir afecto por el objeto dañado. Lo único que hacen es reproducir e incrementar el daño: el gobierno me daña, yo daño a los demás y todos salimos dañados… Menos el que inició todo esto.

Y, por último, sean más inteligentes, más versados, más leídos que sus enemigos; porque es muy fácil pendejear al otro, pero es muy difícil demostrar que está equivocado. Ya basta de luchar con frases prefabricadas, publicando 36 razones estúpidas para estar en contra de algo. Las personas a las que llaman idiotas o desinformados no lo son siempre y muchas veces tienen mejores argumentos que ustedes. Prepárense para dialogar con ellos y no para insultarlos. ¡Gánenselos!

En conclusión: trabajen duro y gánense a la gente. 

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