Desde muchas perspectivas, lo que están haciendo los
docentes y muchos otros manifestantes en la Ciudad de México está equivocado.
En esta ocasión no vamos a valorar ni moral ni políticamente lo que han hecho:
secuestrar la ciudad e inmovilizar a miles de personas que desean continuar con
sus vidas, sólo porque ellos no están de acuerdo con la forma de ver las cosas
de aquellos que protesta. Es evidente a todas luces que se trata de un intento
de imponer una manera de pensar a los demás. Pero, por esta ocasión no vamos a
valorar eso.
Lo que vamos a razonar aquí es un fallo fundamental en las
acciones realizadas debido a la falta de pensamiento estratégico por parte de
los organizadores y participantes de estos movimientos. Es increíble que
algunas personas en las redes sociales hayan tenido el atrevimiento de comparar
a estos sujetos con personajes de la talla de Hidalgo, Morelos o Bolívar;
cuando es evidente que la calidad de sus formas de actuar es innegablemente
distinta. Fundamentalmente encuentro tres fallos estratégicos en su forma de
actuar:
Primero: la meta más importante a lograr al inicio y
desarrollo de un movimiento social es, sin lugar a dudas ganarse a la
gente. Sin esto, ningún movimiento está destinado al éxito. Desde la revolución
pacifista de Gandhi hasta el ascenso al poder del Nacional Socialismo en la
Alemania de los años 30 de siglo pasado, pasando por todos los movimientos
sociales importantes han conocido siempre esta premisa. Lo primero que hay que
hacer es ganarse el afecto y la razón de la gente, es decir, hay que convencer
a los demás de que nuestra lucha es justa.
Pongamos como ejemplo lo sucedido durante la conquista de
México. Un puñado de españoles que habían desembarcado en este continente era
incapaz de vencer a un gran imperio como el Azteca. Pero, gracias a un plan
estratégico sumamente hábil, fueron haciendo alianzas con pequeños reinos y
poblados sometidos al imperio y que, en cierta medida o en otra, se oponían al
régimen Azteca. Una vez conseguido el apoyo de los pobladores locales, lograron
vencer a dicho imperio gracias a que los opositores eran, ahora, una gran
cantidad.
Las películas gringas nos han enseñado que es heroico que un
puñado de gente venza a una gran cantidad de opositores. Pero en la realidad
esto no sucede así. Sun Tzu, el gran tratadista de la estrategia, ya lo decía:
si el ejército oponente es más grande y fuerte que el tuyo, no pelees.
Aquí es donde, sin lugar a dudas nuestros revolucionarios
fallan terriblemente. Veamos por qué. Si bien es verdad que las personas en
protesta son más de las que los medios afirman, es también verdad que son,
comparadas con el grueso de la población, una cantidad insignificante. ¿Cuántos
opositores de la Reforma Educativa ocupan las calles? ¿Cien mil?, ¿un millón?,
¿diez millones? En un país de 120 millones, no son nada. Ahora, si estas
personas toman la ciudad, cierran las calles y violentan el flujo de las demás
personas, resulta evidente que en lugar de ganarse su favor se ganarán su odio
y, por asociación, el odio hacia su causa. Si, por otra parte, dejan sin
estudiar a miles de niños y jóvenes, entonces también se ganan el desprecio por
parte de los padres de familia y estudiantes.
Entonces, en lugar de sumar fuerzas y aprovechar la sinergia
para vencer al «enemigo», nos hacemos de más enemigos y ya no sólo tenemos que
luchar contra «el sistema», sino que hay que luchar contra todos aquellos que
no nos apoyan, los cuales se tornan enemigos en lugar de aliados.
Ahora, esto último es lo más grave. Se ha extendido una
terrible tendencia de la izquierda revolucionaria mexicana (desconozco si en
otros países sucede igual) de insultar, ofender, vituperar, denostar y excluir
a todos aquellos que no opinan igual que ellos. Opera en ellos dos lógicas
perversas: la lógica de «si no estás conmigo, estás con ellos» (modalidad de la
igualmente perversa «si no estás conmigo, estás contra mí» o «si no eres parte
de la solución, eres parte del problema») y la lógica derivada de la anterior
de «sólo el que piensa como yo y se opone a esto es
inteligente/pensante/racional; todos los demás son estúpidos».
Como no logramos convertirlos en aliados, los consideramos
enemigos y como no logramos entender por qué no están con nosotros, tenemos que
justificar su oposición a nosotros con ideas absurdas como «están ciegos», «no
piensan», «son irracionales», «les han lavado el cerebro», etc.
Es decir, la izquierda revolucionaria se ha dedicado
sistemáticamente a negarse al diálogo con cualquier otra postura distinta a la
suya. La primera lógica opera de manera terrible en las circunstancias. Durante
los conflictos de la UACM de 2012, por ejemplo, parecía que sólo había de dos
sopas: o estabas con los «paristas» o estabas con la rectora. Pero, ¿acaso no
es posible una tercera vía, una vía del tipo «ni estoy con la rectora ni estoy
a favor del paro de labores»? Por supuesto que sí y, por cierto, se conformó
todo un grupo de profesores y estudiantes a favor de esta tercera vía. Pero,
ante los ojos de los paristas esto implicaba estar «contra ellos» y, por ende
«a favor de la rectora».
Lo mismo sucede con los conflictos actuales en torno a la
Reforma Educativa. Si uno se manifiesta en contra de lo que están haciendo los
profesores al tomar las calles y el zócalo de la ciudad, entonces está a favor
de la reforma, es un secuaz de Peña Nieto y seguidores, en un «traidor», un
«ingenuo», un «irracional» y otros calificativos similares. Lo único irracional
aquí es esta conclusión. Estar en contra de las acciones de un grupo de
manifestantes no significa ni estar en contra de su causa ni, mucho menos,
estar a favor de la causa opuesta. Es sumamente factible que exista diversidad
de posturas y, entre ellas, aquella que está en contra de una causa, pero
también en contra de las acciones del grupo que se opone a ellas. Es decir,
para explicarlo fácilmente, nada impide que alguien esté en contra del gobierno
y de la reforma educativa, energética o fiscal y a su vez estar en contra de
las acciones llevadas a cabo por los grupos opositores a las mismas.
Todas estas personas podrían ser aliados potenciales de una
causa y podrían conformar un frente común contra lo que sea que se oponen. Pero
si sistemáticamente se dedican a decirles que son estúpidos, desinformados,
irracionales o que están a favor de la causa contraria, entonces han perdido un
poderoso aliado en lugar de ganarlo.
Entonces, lo que sucede en la Ciudad de México como en otros
lugares del país, es que quienes protestan ante una situación (que podría ser
legítima), pierden el favor de la gente en lugar de ganarlo, porque
sistemáticamente los atacan ya sea atentando contra su integridad o su
bienestar (el cual toda persona preferirá siempre) o negándolos, excluyéndolos,
minimizándolos diciendo que son unos estúpidos/irracionales/con el cerebro
lavado.
La situación es, sin embargo, fácil de entender y muestra
una lógica subyacente igualmente errónea y peligrosa: buscamos salidas fáciles
y rápidas. Convencer a la gente de unirse a nuestra causa, generar argumentos
para hacerles saber nuestra forma de ver, trabajar con ellos para que acepten
que ellos también son afectados requiere mucho tiempo y trabajo. Cerrar las
calles y tomar las plazas, requiere mucho menos. Caminar del Zócalo a San
Lázaro es sin duda más fácil que organizar jornadas de visitadores casa por
casa que hablen con la gente para juntar firmas, para discutir temas, para
invitarlos a reflexionar.
Si, además, consideramos que esas personas son idiotas; pues
es evidente que no vale la pena invertir en hacerlas cambiar de opinión.
Segundo: como paralelo al anterior, hay otro principio de la
estrategia que nuestros «protestantes» desconocen sistemáticamente: ataca
puntos estratégicos. Hay un viejo chiste que cuenta que un borracho está
buscando las llaves de su casa bajo una luminaria en la calle. Un policía se
acerca y le ayuda. Después de varios minutos el policía pregunta si está seguro
de que ahí se cayeron las llaves a lo que el borracho responde «no, las perdí
más allá, pero aquí hay más luz para buscar».
La cuestión con nuestros manifestantes es muy similar y
sucede más o menos así: el gobierno impone una situación y los afectados atacan
a otras personas que no son los responsables de ello. ¿Quién pierde cuando se
cierra Reforma o se toma el Zócalo? ¿El gobierno?
La estrategia de tomar las calles, cerrar el metro, hacer
una huelga, etc., funciona como elemento de coerción si y sólo sí los
responsables (aquellos que tomaron la decisión o que tienen el poder de
modificar la situación) son afectados por la misma. Así, por ejemplo, en una
empresa, un paro de labores genera en el dueño pérdidas que deberá compensar.
Pero al hacer un paro magisterial, ¿quién pierde?, ¿el gobierno que propone la
reforma? No, ellos ya salieron de la escuela y seguramente sus hijos asisten a
instituciones privadas. Los que se ven afectados son los ciudadanos que no
tienen poder para cambiar las cosas.
Logramos, entonces, ciudadanos enojados. Esto funcionaría en
una democracia funcional porque al gobierno le preocuparía que sus ciudadanos
estuvieran incómodos y realizarían lo que fuera necesario para que no fuera
así. Pero en México al gobierno no le interesa ni le preocupa que la gente esté
enojada. Así han vivido siempre.
Funcionaría también si la gente, una vez enojada, vertiera
su ira contra el gobierno causa de la protesta. Pero esto no pasa en México. La
ira se vierte en contra de los manifestantes y, por ende, como ya señalé antes,
pierden potenciales aliados y a los que verdaderamente deberían salir
afectados, quedan impunes.
Cerrar las calles y tomar el Zócalo no es una estrategia
adecuada por donde la veamos. Incluso si se toma y cierran el Senado, la Cámara
de Diputados o cualquier dependencia de gobierno no funciona. Los gobernantes,
diputados, senadores y demás funcionarios públicos siguen cobrando sus salarios
sin ir a trabajar.
Entonces, resulta que terminamos por afectar a quien no la
debe; aunque lo justificamos, como señalé en el punto anterior, afirmando que
estas personas no son inocentes porque, dado que no se suman a la causa del
oprimido, están a favor del opresor y, por ende, son también culpables.
Esta situación, además, se torna sumamente peligrosa porque
raya en el terrorismo. El principio subyacente aquí es que para forzar una
negociación una de las partes debe tomar como rehén algo que es preciado para
la otra parte y no lo devolverá si la negociación no le favorece. El problema
aquí es que una ciudadanía contenta no es preciada para el gobierno, por lo
cual en realidad no hay rehén y no se fuerza la negociación. Pero sucede que se
está, entonces, atacando a población civil en lugar de a los directamente
interesados y esto es, sin lugar a dudas, una forma de terrorismo. ¿No fue
acaso eso lo que sucedió con el ataque del 9/11 al WTC de Nueva York? En lugar
de atacar a un blanco militar se atacó a población civil. Igual, en una ciudad
así, en lugar de atacar a los políticos que tienen el poder de cambiar las
cosas se ataca a gente que sólo va a su trabajo.
Tercero: Los grandes revolucionarios, aunque hombres de
acción, siempre fueron grandes letrados. No hay nada peor que luchar por una
causa bajo mentiras y esto se vincula con el primer punto porque, en muchas
ocasiones, quienes están en esas posturas intermedias están mejor informados
que nosotros. Se utilizan muchas mentiras y se abusa del desconocimiento de la
gente para influir en sus decisiones. Lamentablemente, estas personas, que
acusan a los demás de estar malinformados y que acusan a los medios de
manipular la información, son, en una gran cantidad, víctimas de lo mismo:
pelean contra reformas cuyos textos no conocen y sólo saben de ellas de oídas y
manipulan la información a su favor.
Observemos las publicaciones en las redes sociales: ¿en
dónde están los argumentos?, ¿en dónde quedan las pruebas?, ¿en dónde está la
razón? Basta poner una frase provocadora y los demás la repiten sin pensar. Hay
que decir «esta reforma atenta contra las garantías individuales» y al rato
toda la red está inundada de esta idea, pero, ¿con qué prueba?
Lo vimos pasar con el supuesto «perro abandonado en Coapa».
Todos publicaron el video de esa maldita mujer que abandonó al perro en la
calle. Pero cuando se dio a conocer la historia completa y que en realidad el
can no fue abandonado, sino que era un perro de la calle, ¿quién se disculpó?,
¿quién publicó esta segunda historia? Es más, apuesto a que muchos de los que
maldijeron la primera historia desconocen aún la historia verdadera.
Claro, yo me burlé de la situación en mi entrada anterior,
pero lo hice utilizando citas del texto de la propuesta de reforma. ¿Alguien me
contestó aportando pruebas? Se burlaron de mí, me ofendieron, me dijeron
defensor de EPN, ingenuo e irracional, pero, ¿alguien aportó alguna prueba de
que estaba yo equivocado? Sólo hubo un intento, alguien que publicó un vínculo
a un texto en internet que prometía razones para oponerse a la reforma, pero no
aportó más que intuiciones, ideas sueltas y, la mayoría de ellas, erróneas o
falsas.
La finalidad de mi entrada pasada era muy simple y lo es
siempre: infórmense antes de opinar. Durante el inicio de los problemas en la
UACM sucedió algo similar. Se propuso un documento con lineamientos de
comportamiento al interior de la institución. Durante una clase, con el
documento en la mano les pregunté a qué se oponían. Decían «es que el
reglamento dice que... » y con el documento ahí les pedí: «señálame dónde». Por
supuesto, nunca pudieron señalar lo que afirmaban, porque ni siquiera habían
leído el documento. Leímos artículo por artículo y les preguntaba, «¿les parece
mal?, ¿se oponen a esto?». La respuesta generalizada fue la misma «no».
Entonces, ¿contra qué estamos peleando?
No estoy afirmando en ningún momento que todos sean así, pero quiero señalar el
peligro de que muchos son así. Sin
ánimo de ofender pregunto, para que cada uno reflexione, los que se oponen a la
reforma educativa, ¿ya leyeron el texto?, ¿conocen el fundamento teórico que
sostiene el modelo educativo que se sostiene hoy en día?, ¿han leído el plan de
estudios de la educación básica y media? Si la respuesta es sí, bienvenidos al debate.
Si la respuesta es no, el desinformado, el ignorante, el irracional, ¿soy yo?
A los que se oponen a la reforma energética lo mismo, ¿ya leyeron
el texto de la reforma?, ¿conocen el estado de las finanzas de PEMEX?, ¿pueden
explicar lo que ha sucedido en otros países con reformas similares?, es más,
¿siquiera saben qué otros países han tenido procesos de privatización o
nacionalización energética en los últimos años? Si es así, bienvenidos al
debate. Si no, ¿quién es el desinformado?
Y por supuesto, de las preguntas anteriores no se sigue ni
que yo lo sepa todo ni que esté a favor de nada; la pregunta es de reflexión
personal. Yo no me salgan con la tontería de «no he leído la reforma, pero he
leído a tales y cuales que hablan sobre ella y la explican». Atiendan a fuentes
primarias.
En una ocasión tuve la oportunidad de preguntar, durante un
evento público, a los del Canal 6 de julio si lo que ellos hacían no era
también manipulación. Después de un rato aceptaron que sí, pero que alteraban
la información en sentido inverso para equilibrar las cosas. Al menos ellos tuvieron
la decencia de aceptarlo. Pero muchos otros no lo hacen. Manipulan la
información y la hacen pasar por verdad y se aprovechan del desconocimiento que
sus seguidores tienen para manipularlos. Entonces tenemos una guerra de
manipuladores, los que manipulan de un lado contra los que manipulan del otro.
Gravísimo.
No se vale luchar contra mentiras esgrimiendo otras
mentiras. Ni se vale aprovecharse de la ignorancia de la gente para manipularla
a favor o en contra de una opinión.
Esto es, lamentablemente, una señal terrible de cómo andan
las cosas con nuestros manifestantes y sus simpatizantes. Lamentablemente
muchos de ellos desconocen con claridad las propuestas de las reformas a las
que se oponen y se basan en especulaciones y oídas. No se toman el tiempo de
estudiarlas, pero sí se toman el tiempo para oponerse a ellas y cuando uno
propone ir a los textos, se escapan con salidas como «bueno, eso dice, pero no
se hace». ¿Entonces por qué dices que te opones a la reforma si el problema no
es la reforma sino su aplicación?
Peor aún, es increíble ver cómo muchos hacen juicios sobre
la legalidad o las consecuencias económicas de aquello contra lo que se oponen,
sin tener la más mínima preparación en derecho o economía. Dicen cosas como «esta
ley se aplicará retroactivamente» o «los cambios en la ley ahora generará estos
problemas» y cuando uno consulta la ley, el texto aprobado, se dice claramente
que esto no es así. ¿Quién es entonces el estúpido y quién se está
aprovechando, entonces, de la ignorancia?
No les gustó el sarcasmo de mi entrada anterior, perfecto:
acábenme, refútenme, demuéstrenme que estoy equivocados, pero con pruebas, con
datos, con textos con algo más que opiniones.
Es triste ver, por ejemplo, a estudiantes defendiendo
posturas revolucionarias pero con terribles carencias formativas. Hablan de
Marx y de los anarquistas, pero no han siquiera echado un vistazo al Capital ni tienen idea de quién es
Bakunin o los Flores Magón. Se oponen a decisiones políticas, reformas legales,
pero no saben nada de teoría política, ni de economía, ni de finanzas, ni de
derecho. Pero si alguien de los que está a favor de la reforma o en contra de
estos revolucionarios o, simplemente, más informado que ellos presenta algún
argumento, entonces se le vitupera, se le acusa, se le censura, se le excluye,
se le segrega. Es un estúpido que apoya al poderoso, es un irracional que no
entiende como son las cosas en realidad, es un ingenuo que se cree todo. ¿Qué
clase de revolucionarios son estos? Atacan con base en opiniones y rumores y
luego dicen que el irracional soy yo.
Nuevamente, se pierden aliados valiosos.
Lamentablemente esto lo vemos en el nivel de discurso de
muchos afines a las protestas. Son apasionados y esto amerita; pero son poco
racionales. Cuando alguien se manifiesta en contra de las marchas,
inmediatamente le dicen que está a favor del gobierno o que está desinformado y
le sugieren que lea cosas que francamente carecen de valor y razonamientos.
Aparece el descrédito y las ofensas. Lo único que no aparece son argumentos y
pruebas. ¿Me equivoco?, ¿estoy diciendo cosas falsas? ¡Denme pruebas! Pero
pruebas de verdad, no me citen a alguien que sólo da opiniones. Porque tenemos
la pésima tendencia a creer que cuando alguien emite una opinión con la que
estamos de acuerdo, eso se convierte en un argumento.
Esto también incluye algo muy importante: utilicen a su
favor, hasta agotarlos, los medios legales y oficiales para lograr sus fines.
¿Nos oponemos a una reforma? Bien, hay caminos legales para oponerse a ella;
incluso, dejando que las reformas se aprueben podemos encontrar la manera de
aprovecharlas a nuestro favor. Oponerse directamente a algo no garantiza más
que choque y violencia. En cambio, recibir la agresión y repelerla con su
propia fuerza, eso requiere sagacidad e inteligencia, pregúntenle a los que
practican aikido.
Demostremos que somos luchadores serios. Como metáfora
pensemos en lo siguiente: estamos frente a un tablero de ajedrez y antes
siquiera de mover un peón ya estoy protestando contra mi oponente. Primero
aprende a jugar, luego juega contra él con todas tus fuerzas. Si todo esto
falla, entonces sí avienta el tablero y destruye las piezas, pero no al revés.
—————
Una lección de estrategia, señores revolucionarios;
dirigentes, seguidores y participantes de protestas sociales: gánense a la
gente, pónganla a su favor, no en su contra; es cierto que tienen miles de
seguidores y simpatizantes, pero podrían tener más haciendo las cosas
inteligentemente. La prueba está en que hay mucha gente que no apoya lo que
están haciendo y en lugar de buscar ganárselos los ofenden, los insultan y los
llaman desinformados, estúpidos, ignorantes. Ganarse el favor de la gente es lo
principal objetivo de cualquier estrategia política y no lo están
logrando bien.
Centren sus acciones contra quienes deben, no contra la
gente que podrían ser sus aliados; no se vale que por ser víctimas de una
injusticia cometan injusticias con otras personas. Quienes los agredieron
primero no se ven inmutados en lo más mínimo por sus acciones, si no, ya
habrían funcionado. Para que una estrategia de presión funcione, la persona
presionada debe sentir afecto por el objeto dañado. Lo único que hacen es
reproducir e incrementar el daño: el gobierno me daña, yo daño a los demás y
todos salimos dañados… Menos el que inició todo esto.
Y, por último, sean más inteligentes, más versados, más
leídos que sus enemigos; porque es muy fácil pendejear al otro, pero es muy
difícil demostrar que está equivocado. Ya basta de luchar con frases
prefabricadas, publicando 36 razones estúpidas para estar en contra de algo.
Las personas a las que llaman idiotas o desinformados no lo son siempre y
muchas veces tienen mejores argumentos que ustedes. Prepárense para dialogar
con ellos y no para insultarlos. ¡Gánenselos!
En conclusión: trabajen duro y gánense a la gente.
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