Desde hace mucho tiempo escuchamos por todos lados que la educación es la respuesta a los problemas del país. Especialmente en este sexenio, con la reforma educativa y todos los avatares que se han sucedido en torno a ella, la educación está más presente en el imaginario social que lo que había estado en mucho tiempo.
Y considero que la afirmación es correcta. Efectivamente, la educación es la solución. La cuestión aquí es determinar con claridad cuál es el problema que viene a solucionar. Vivimos en un país con un gran potencial para llegar a ser una gran nación. De hecho, durante varios años lo fuimos. Fuimos prácticamente el centro neurálgico de la Nueva España. Para finales del siglo XIX, México tenía más cultura que los Estados Unidos de Norteamérica. Tenemos una gran cantidad de recursos naturales y humanos, listos para empujar este país más allá que EEUU o China y la educación es lo que va a lograr esto, pero ¿cómo?
Definitivamente no como lo hemos venido planteando hasta ahorita. Es decir, no incrementando las horas de matemáticas y guiándonos por indicadores como Pisa y Enlace. Si creemos que la enseñanza de las matemáticas y de las ciencias, así como de la lengua en su sentido igualmente científico van a cambiar las cosas, estamos muy equivocados. Porque ese no es el problema.
El problema cultural en México no es que la gente no sepa matemáticas, que no sepa español o que carezca de formación científica. El problema en este país es un problema de actitud, un problema de comportamiento: no respetamos a los demás, no respetamos las cosas, no ponemos atención a las cosas, no nos organizamos para bien, no trabajamos para lograr las cosas y esperamos que las cosas nos lleguen solas.
La transformación educativa en México, como en todo el Estado en general, debe ser una transformación moral y el sistema educativo debe estar al tanto de ello. El cambio que necesitamos es pasar de una escuela con pretensiones cientificistas a una escuela preocupada fundamentalmente por la formación moral del individuo.
Y por formación moral no me refiero a formación religiosa y, mucho menos, a formación en valores tradicionales como la familia y el bien común. Presentar eso como objeción demuestra el grado de ignorancia que tenemos los mexicanos sobre temas importantes. La moral implica costumbres, hábitos tanto materiales como de pensamiento, normas de convivencia y demás.
El problema con este país es claro y lo vemos día con día, no necesitamos una prueba ENLACE para conocerlo, pues el problema en este país es la falta de respeto que tenemos por el otro, por la autoridad, por el trabajo. La gente anda por la calle sin importarle los demás, se agreden, se violentan, se marginan. La forma de quejarse del mexicano es terrible: primero se victimiza y luego le exige a los demás que solucionen su situación. Los mexicanos no sabemos trabajar en equipo y cuando queremos algo, protestamos para conseguirlo en lugar de trabajar para lograrlo.
El cambio educativo en México debe estar centrado en estos aspectos, incluso sacrificando la enseñanza de las matemáticas, las ciencias y las artes. Seamos realistas, de todas maneras los estudiantes no están aprendiendo ni ciencias, ni español, ni matemáticas, ni arte, ni ninguna otra cosa y si las aprendieran, nada cambiaría en este país ni en ningún otro. No sólo eso, se puede hacer una vida funcional sin tener todos estos saberes. Se puede llegar a presidente sin recordar tres libros o pronunciando «Borgues» en lugar de «Borges». Se puede ser millonario sin terminar la escuela, dedicándose a actividades ilícitas y, por supuesto, socialmente siempre seremos más reconocidos por nuestras «trampas» que por nuestros logros.
Esto se nota en muchas reuniones sociales. He estado desde con personas de escasos recursos hasta con grandes intelectuales y siempre aparece una plática en la cual haber obtenido un beneficio sin esfuerzo o haber timado a alguien es un orgullo para quien lo cuenta y merece los aplausos de quienes escuchan.
La reforma educativa debe ser una reforma moral y no porque toda la vida deberá permanecer así. Evidentemente, ningún plan de estudios es para siempre (aunque algunos creyeron que así debía ser). Los planes de estudio deben adaptarse a las necesidades del momento y en este momento necesitamos desarrollar hábitos de convivencia, más que conocimientos matemáticos y científicos. Nadie va a ser mejor persona por aprender a hacer raíces cuadradas o por saber validar un instrumento de investigación o por conocer la estructura interna del átomo.
México sólo va a dejar de ser este campo de batalla que es hoy en día cuando la gente aprenda a respetarse.
Las escuelas deben ser lugares donde se motive la sana convivencia, el trabajo en equipo, el respeto a las personas y a sus cosas. Si fuera necesario, habría que eliminar todas las clases y hacer reuniones, fiestas, actividades deportivas, culturales, convivios, kermeses, cineclubes, simuladores de profesión, simulaciones de tránsito, paseos ciclistas, prácticas de discapacidad, etc. Todo aquello que nos ayude a fomentar que las personas convivan bien, respetando las ideas opuestas y la diversidad. Actividades que nos enseñen a trabajar para ganarnos lo que deseamos y no a exigir lo que creemos merecer. Porque en México creemos que nos merecemos todo y que el Gobierno y los demás están obligados a darnos todo: educación, salud, seguridad, becas, cultura, arte, ciencia, tecnología; hasta tienen que darnos el paso cuando vamos por la calle. Pero no entendemos que es fundamental aprender a ganarnos esas cosas.
Hay que «castigar» al que interrumpe al otro, al que lo amenaza, al que se impone, al que se excluye y no al que no entendió cómo factorizar una ecuación o a encontrar el complemento directo de una oración; al final de cuentas, esto último no le servirá de nada en el mundo, pero lo primero, sí. Por castigar, evidentemente, no me refiero al castigo físico, evidentemente. Pero tenemos todavía estructuras de premio-castigo que son relevantes. Ningún estudiante debería reprobar por no saber, eso podría ser cierto; pero no debemos dejar que un estudiante acredite un año escolar si no respeta a sus compañeros, si no ayuda a los demás, si no respeta sus cosas y sus personas, si es grosero, si es un patán. Esto sí debería ser duramente castigado. Una persona así no debería obtener un título y, por ende, no poder acceder a ningún privilegio si eso funciona para que aprenda a comportarse. Y no como hacemos ahora, que castigamos a quien no sabe de matemáticas (que no va a usar) o de química (que nunca va a necesitar) aunque sea una persona noble y que apoya a los demás.
Castigamos a las buenas personas y dejamos libres a los que no lo son. Demos un paseo por la ciudad y veremos que las buenas personas viven encarceladas tras las rejas que colocan para protegerse de las malas personas que viven libres en la calle.
Aunque, por supuesto, soy de la idea de que no debe haber castigos en educación, si vivimos en un sistema que castiga, como el que actualmente vivimos, por lo menos debemos asegurarnos de castigar a la persona correcta.
Así que, es verdad que la educación es la respuesta, pero no la educación científico tecnológica que se nos propone hoy en día, incluso después de la reforma educativa. Necesitamos un cambio en la educación orientada, por la urgencia del momento, exclusivamente en el desarrollo de la personalidad.
Una vez cumplido este objetivo, podremos, ahora sí, generar un buen sistema de enseñanza científico, tecnológico, humanista y artístico.
Japón es un ejemplo de ello. Después de la segunda guerra mundial se dedicó a formar ingenieros en muchas y muy diversas áreas. Ingenieros que eran útiles e indispensables para reconstruir la nación, cruelmente golpeada por los EEUU. Pero Japón pudo darse el lujo de educar a estos ingenieros porque tenía un sustrato moral fuerte, una ética milenaria que los preparó para el trabajo y el sacrificio y salieron adelante y apenas y conmemoran la destrucción que sufrieron.
En México todavía nos hacemos las víctimas de la Conquista Española, víctimas de la intervención francesa, víctimas del imperialismo norteamericano. No nos preparamos para trabajar para el futuro, pues nos regocijamos en quejarnos del pasado.
Sin un cambio moral que nos permita afrontar esto, la educación seguirá como hasta ahora, inútil, socavada, marginada, reprobada.
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